27 de mayo de 2022

COSAS QUE ME DEPRIMEN EN POLOMBIA. Por Daniel Samper Ospina

Mi esposa me encontró tirado en el piso, sin poderme mover, como si fuera víctima de lo que Íngrid llamaría una gran depresión:

—¡No me digas que otra vez te caíste! Te advertí que no te quedaban esos Crocs… —me regañó preventivamente, como a veces lo hace.
—Cuál accidente ni qué ocho cuartos —la corregí como si habláramos de política internacional—: es que acabo de ver el resultado de las elecciones del domingo y ahora me siento con menos energía que Fajardo en un debate… Cuando iba a debates —le confesé.

Y era cierto: para el momento ya me había enterado de los datos básicos de la jornada electoral: el pastor Saade no alcanzó a dar la sorpresa, como muchos apostábamos; el papel del centro fue apenas comparable con el de Santa Fe en el último clásico. Por la coalición de la derecha ganó Fico Gutiérrez, un hombre que —en el mejor de los casos— tiene pinta y carisma de dueño de restaurante campestre, antes que de alto dignatario: siempre lo imagino como si fuera la variante paisa de Andrés Jaramillo y recibiera a importantes comensales con su camisa blanca abierta a tres botones, bluyines a la moda y delantal de cuero.

—¿Qué másh, papá? ¿Te pongo en la mesha de siempre?
—Proceda, doctor Fico, que usted hace las cosas bien hechas.

Para no hablar de los datos que arrojaban las listas legislativas. Un youtuber le ganó en votos al exjefe negociador de paz Humberto de la Calle; Álex Flórez pasó de maltratar a una mujer a ocupar una curul en senado; perdimos a César Lorduy, con lo cual el único corte capilar al estilo totuma de la política nacional es el de Pachito Santos. Y, para más delirios electorales, el gran perdedor de la jornada fue Oscar Iván Zuluaga, que ni siquiera estaba en el tarjetón: decidió darse de baja a sí mismo antes de que el saldo de su campaña fuera peor: en este punto, en cambio, todavía puede presentarse como ganador: ganó, en concreto, unos tenis rojos. Y un sombrero guajiro de paja. 

Sobre los vidrios de Bogotá resbalaban las gotas grises de un lunes de lluvia y yo procuraba en vano darme ánimos. Los petristas cantaban fraude. El centro se diluía. Barrieron el partido liberal de César Gaviria y el conservador de Omar Yepes. Se hundió Danielita, la de Padres e hijos, lo cual significa que se había lanzado. Y el ingeniero Rodolfo perdió vigencia por no haber participado en ningún tarjetón: su estrategia mediática consistió en viajar con la esposa a conocer al papa en un encuentro que duró lo mismo que el de Álvaro Uribe y Andrés Pastrana con Donald Trump.

—Mija: compre vestido que conseguí audiencia con el papa—le dijo el candidato a su mujer cuando logró la cita—. Yo me voy a poner nuevos implantes; la ocasión lo amerita. 

Pero el encuentro resultó ser una saludadita de pasillo. El sueño de estar una hora con su santidad, y comentar con él las cosas de su edad, fue tan efímero como el nombramiento de Paola Ochoa como fórmula. 

Por si faltaran noticias preocupantes, el candidato puntero —es un decir— confesó en entrevista con Juanpis González que duerme desnudo, esto es, que se democratiza la piyama para dormir, y la bamboleante imagen comenzó a perseguirme como —según algunos— lo hará el gobierno humano con los periodistas que lo critiquen. “¿Sucederá?”, me preguntaba en el piso, mientras sentía la palpitación en las sienes. “Si hago chistes contra Petro presidente, ¿alguno de sus hombres de confianza —barbado y pechador, por ejemplo— ordenará, digamos, que me obliguen a lavar baños públicos?”.

—¡Vayámonos del país! —le dije de golpe a la mujer que me expropió el corazón—. O al menos cómprame guantes de caucho y Clórox…
—Levántate del corredor que van a llegar las niñas y ahí estorbas el paso —me recriminó.
—¿El paso a segunda vuelta?
—¿De qué me hablas, viejo? —respondió.

Los días transcurrieron y ya era jueves y para entonces yo había poblado del todo el corredor y lo habitaba como si fuera mi cambuche: el deprimente cambuche de un elector depresivo al que Íngrid Betancourt, en cualquier momento, acusaría ante la palestra pública. Había acomodado en mi rincón del piso cobijas, termos, sánduches, un radiecito. No pensaba abandonar el suelo ni aquel estado de semimuerte hasta que me dijeran que la jornada electoral había sido un mal sueño.

Y fue mi propia esposa, precisamente, la que me lo dijo.

—Por ahí comentaron en las noticias que están cambiando los resultados porque algo pasó con unos 500.000 votos.

Lo cual significaba, efectivamente, que las elecciones que me habían tirado en el piso no habían sucedido: al menos no en la vida real: quizás apenas en la cabeza de Álex Vega. 

Me incorporé entonces porque el reconteo comenzó a arrojar resultados insólitos. El petrismo, que a comienzos de la semana cantaba fraude, engordaba su lista de curules mientras la derecha, al ritmo de los nuevos resultados, denunciaba robo: era la petrificación del uribismo, la súbita jenifer-arias-sización de las arengas de la izquierda: ahora era Uribe el que hacía suyas las palabras de que no acatará los resultados o, peor aún, de que solo los acatará si son a su favor. De lo contrario prefiere un golpe de estado.


Es una semana en Polombia. En la fiesta de celebración de su curul, Polo Polo se enteraba de que la perdía, lo mismo que León Freddy Muñoz. Y en medio de ese delirio de informaciones nuevas, supuse entonces que yo mismo podía recibir sorprendentes resultados positivos: que el reconteo podía indicar que Alejandro Gaviria le había ganado a Fajardo, por ejemplo, o siquiera al margen de error. Y que, en la medida en que avanzara el ejercicio, aparecerían felices votos por doquier: votos para que mi primo Miguel obtuviera curul; para que mi tío Ernesto hubiera ganado en el 94 con el doble de votos; para que Serpa hubiera derrotado a Pastrana en el 98; el Sí al No en el plebiscito de 2016; Carlos Gaviria a Uribe en el 2002; Gerardo Molina a Betancur en el 82; y Óscar Naranjo a Sara Uribe en la edición 2012 de Protagonistas de novela.

El circo de Polombia, pues, jugaba a mi favor. Quizás el registrador podía sorprenderme con buenas noticias. A lo mejor todo se trató de una confusión producto del mandamiento de Petro a los votantes de recibir los cincuenta mil pesos del voto a los partidos tradicionales, pero votar por él: ¿no sabían si esos votos contaban para el comprador o para el estafador, al final? ¿No deberían entregar recibo por cada voto comprado, para mayor claridad? ¿La mala votación de Uribe puede ser porque su gente no alcanzó a votar antes de que la metieran presa, como antes clamaba? 

Ante las convulsiones de las nuevas noticias, resurgió mi esperanza. Sí: con este precedente, las elecciones presidenciales serán violentas y brutales y pueden llevarnos a otra guerra interna. Pero en cualquier momento el reconteo seguirá arrojando datos felices para que ganen mis candidatos o, por qué no pensar en grande, le devuelvan a Santa Fe la estrella de 2018. 

Con el ánimo recompuesto, me levanté del suelo y lavé el baño. Y el sábado invité a toda la familia a almorzar a un restaurante campestre, donde Fico Gutiérrez nos tenía reservada una mesa. Aunque no de votación.

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