27 de mayo de 2022

El crepúsculo de Fajardo. Por Paola Ochoa

Tremenda disyuntiva de cara a la segunda vuelta presidencial: Petro o Fico, izquierda o derecha, miedo al cambio o arraigo al pasado. ¿Estamos pensando en nosotros mismos? ¿Tenemos que construir un universo de extremos? ¿A dónde nos ha llevado tener que elegir entre polos opuestos? ¿A dónde ha ido a parar el resto del vecindario? ¿Ninguna enseñanza de las protestas que viven hoy peruanos y chilenos? ¿Para qué seguir votando bajo el poder hipnótico de los extremos?

¿Por qué tan pocos los que pensamos en una opción de centro, como la que representa el candidato Sergio Fajardo? ¿Por tibio, lento o desapasionado? ¿O por arrogante, sabelotodo y acartonado? ¿En qué cálculos falla Fajardo, doctor en matemáticas y sin posibilidades estadísticas de llegar a la Casa de Nariño, según las últimas encuestas y sondeos?

¿Qué le choca tanto a la gente de un candidato maduro, preparado y capacitado, reconocido académico, con amplia experiencia en el sector público para comandar el barco? ¿Por qué no cala entre la masa su discurso ponderado y sensato? ¿Por qué solo unos pocos se sintonizan con su concienzudo plan programático? ¿Por qué martillo a toda hora para el muy angustiado Sergio Fajardo?

A solas con mis pensamientos, intentando entender a qué nos enfrentamos en estos comicios. Y añadiendo al drama un elemento nuevo para mayor tormento: que muy poca gente quiere realmente a los maestros. Al margen de cómo intenten ellos comunicarnos las cosas para que las entendamos, subyace en esa relación alumno-maestro una narración de sufrimiento. Barrera de superioridad, lucha por el control, o simplemente rechazo a los espinosos caminos del conocimiento y a la imposible comprensión completa del universo.

¿Qué le choca tanto a la gente de un candidato maduro, preparado y capacitado, reconocido académico, con amplia experiencia en el sector público para comandar el barco?

Rechazo que se condimenta con una educación pública de pésima calidad y sin ningún verdadero control del Estado. Hemos sido testigos de la proliferación de universidades de garaje que comercian con la educación como si fueran mercaderes de títulos; buitres sedientos de plata y dinero que buscan embaucar alumnos y se hacen llamar a sí mismos líderes de la educación superior. Hasta uno de los candidatos a la presidencia prometió crear en Colombia 33 universidades virtuales, como si ello fuera tan simple como chasquear los dedos y listo.

¿Carga Fajardo a sus espaldas con esos lastres del aparato educativo? ¿Será por eso que no le funciona su estrategia de venderse como maestro? ¿Le restan sus títulos académicos conexión con el votante promedio? ¿Le marca esa sabiduría límites a su conocimiento del pueblo? ¿Sucumbirá bajo un peso que no le permite ganar nuevos adeptos?

Dicho con más objetividad: el mundo está desquiciado y no hay espacio en la política para los académicos y maestros serios; aquellos mismos a quienes los poetas han cantado y alabado a lo largo de milenios, independientemente de sus posturas políticas o ideológicas en los distintos momentos del tiempo.

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