5 de julio de 2022

RAZONES PARA SUICIDARSE* Por Daniel Samper Ospina

Seguí con atención el debate sobre el suicidio asistido —una discusión de muerte lenta, como decía un amigo, en la que no se sabe quién tiene la razón: ¡qué agonía!—  porque no descartaba una salida radical a mi crisis de nervios. La verdad es que estas elecciones van a acabar conmigo. En una sola semana Fajardo se desploma como el peso; el ingeniero Rodolfo publica videos con patos; se dispara Petro; se descamisa Fico; interviene Duque; buscan a “Chiquito Malo”; se da por aludido Uribe. Y la campaña electoral se convierte en una asfixiante pelea en que la cantante Marbelle amanece convertida en una escuchada líder de opinión que amenaza con irse del país: ¿a dónde piensa irse, acaso? ¿A Venezuela? ¿Esa es la paz de Duque? ¿El collar de perlas finas es mamón?

Vislumbraba entonces la posibilidad de ahorrarme más angustias acudiendo al suicido asistido: si la segunda vuelta es para definir si es más numeroso el antiuribismo que el petrismo, no cuenten conmigo; si Santa Fe necesita hacer cuentas cada año para clasificar a las finales, no será mi problema. ¡Cuántas ganas entonces de llamar a mi EPS para que envíen cuanto antes a un asistente que me ayude a pasar a mejor vida! Recrear la escena me producía sosiego. El asistente se parecería a Ariel Ávila, no sé por qué. Se presentaría en uniforme de enfermero. Me ayudaría a templar la soga en la parte más alta de la ducha; con sus propias manos ajustaría el nudo corredizo en mi cuello. Y yo me dejaría caer como Martuchis en un evento público, y abandonaría para siempre este plano terrenal para abrir los ojos en una nueva dimensión, nada menos que en el cielo mismo de Polombia, rodeado de los arcángeles celestiales que me han precedido. En la nube vecina estaría Laureano Gómez, desnudo y rozagante, cubriéndose la porquería con un arpa, mientras Roberto Gerlein le espulga las alas.  En otra, estaría la reputación de Álvaro Uribe. Y en el siguiente copo de algodón estaría yo, aliviado de haber dejado atrás aquel infierno en vida donde Fico Gutiérrez tenía chance de obtener la presidencia: ¿cómo podría ser una alocución presidencial suya? En lugar del consabido “compatriotas”, ¿saludaría diciendo “entonces, qué papá”? ¿Llamaría “parce” a Joe Biden en la primera cumbre internacional? 

Por entonces no había reventado la noticia política de la semana: la adhesión de la procuradora Margarita Cabello a la campaña del Pacto Histórico. En un video de siete segundos, el alcalde de Medellín aparecía metiendo primera en un carro prestado cuando, por la dignidad que ostenta, está obligado a andar en neutro, a no usar ningún tipo de palanca. 

Margarita Cabello Blanco lo fustigó de modo fulminante, lo mismo que al alcalde de Ibagué: un pez menor por cuya sanción nadie parece protestar. De ese modo, en una sola jugada, el alcalde dañó la suspensión del carro, y la procuradora la suspensión del alcalde, porque el doble rasero de su medida era evidente: ¿para cuándo la sanción a Duque, pensé tan pronto como conocí la medida? ¿Para cuándo la del general Zapateiro, cuyos trinos contra un candidato presidencial siguen publicados? 

Con la selectiva medida, la Procuradora Humana catapultó al primer plano nacional a Quintero y ofreció al petrismo el mejor escenario para rematar la campaña: el del megáfono y el balcón, que maneja con tanta propiedad.  

Balcón del que quería lanzarme yo mismo, fantaseaba, siempre y cuando el Ariel Ávila de la EPS me hiciera lo que de joven llamábamos pata scout, para alcanzar la baranda y lanzarme al vacío. 

Nada me despertaba esperanzas. Por si fuera poco, desde que iniciaron estas elecciones he corrido con la mala suerte de que todas las opciones que me ilusionan han resultado apenas miserables luces pasajeras: candidatos a quienes apoyaba de cabeza, pero que, por una razón u otra, terminaban retirándose de la carrera. El doctor Juan Carlos Echeverri, cuyo momento de máxima gloria consistió en caerse de una silla durante un debate. El inolvidable Miguel Ceballos, del movimiento TU: estrella fugaz del estadismo que representaba a tal punto la continuidad del gobierno de Duque, que dentro de su programa incluía seguir con los viajes internacionales de Andrés, el hermano mamón del presidente.

Para mayor calamidad, esta semana retiró su candidatura el aspirante al que pensaba adherir: Luis Pérez. Gozaba de un inmenso respaldo popular gracias al cual triplicaba en intención de voto a Íngrid Betancourt. Sus dos propuestas más importantes consistían en reabrir la isla de Gorgona (y radicarse a vivir allá después del escándalo de Otoniel) y cambiar el escudo de Polombia por el de una hoja de marihuana. 

Las dos propuestas me parecían inteligentes. Imaginaba aquella isla atestada de criminales de cuello blanco y al hermano de Petro convertido en una mazorca de picaduras de alacranes por ir a visitarlos. Y también imaginaba el pabellón nacional tendido contra el viento en cualquier certamen deportivo sin que nadie le pusiera trabas. Paradójicamente.

Pero Luis Pérez terminó retirando su nombre y los lupistas de toda una vida quedamos abandonados a nuestra suerte, sin esperanzas. 

A modo de terapia imaginé que, como las intervenciones en política de Iván Duque han sido aún más descaradas que las del alcalde Quintero, la autoridad competente lo suspendía por tres meses y Martuchis tomaba posesión presidencial. Martuchis Presidente, me relamía: nadie mejor que ella, además, para manejar el desplome del peso.

Pero en una segunda reflexión supuse que no le ofrecerían la palomita a la vicepresidenta, sino a Juan Camilo Restrepo el malo, el de la Sergio, y no pude más. Como no tengo el teléfono de Ariel Ávila, contemplé abandonar el país. Pero tuve temor de encontrarme con Marbelle. Y terminé quedándome.

*Promoví en las redes sociales la lectura de esta columna con el numeral #razonesParaSuicidarse que, sacado del contexto, puede herir varias susceptibilidades: no fue mi intención que sucediera de ese modo, lo lamento de veras y pido perdón con sinceridad.