4 de julio de 2022

EL VOTO DEL OTRO. Por Ana Bejarano Ricaurte

La ansiedad prelectoral nos va a quebrar. En buena hora hoy cierran las campañas a la Presidencia de la República, aunque ese final es ficticio, pues la agitación es un volcán que irrumpe con el primer informe de la Registraduría dentro de una semana. La discusión pública se ahoga en recriminaciones. La más reciente de ellas es el enardecimiento con el voto ajeno. Empresarios, influenciadores, políticos, ahora en papel de juez y parte, indagando por el voto del otro y desprendiendo de ese gesto una cantidad inexplicable de conclusiones y sentencias condenatorias. 

Como la que desplegó el tuitero Sergio Araújo Castro, quien resolvió en un trino: “Mis trabajadores gozan de plena autodeterminación y tienen derecho a votar libremente por quien cada uno decida. Pero yo también tengo pleno derecho sobre mis empresas, por lo tanto un empleado que vote por Petro no cabe en mi esquema empresarial y simplemente se tiene que ir”. Muy a la manera de un señor feudal que además de tener tierra, también tiene en su bolsillo las conciencias de quienes la aran. Después explicó que estaba en libertad de despedir sin justa causa a sus trabajadores. Tal vez, lo que no está  autorizado es esta posible forma de constreñimiento a los electores. 

Llovieron críticas sobre Egan Bernal porque salió a pedalear en la arena política, anunciando su apoyo a Federico Gutiérrez, el candidato de la derecha. Las manifestaciones del talentoso ciclista enardecieron a defensores y críticos. Claro que Egan y cualquier persona —con figuración o no— pueden salir a anunciar su voto. Y también, si quieren hablar en la plaza pública, deben soportar la discusión que ello genere. 

Las encuestas —matemáticas para predecir el voto ajeno— han perdido total credibilidad en su misión de fotografiar la intención política de los colombianos. Tanto por los desfases pasados, como por sus cuestionables métodos y relaciones con círculos de poder. 

En los chats familiares se libran batallas ideológicas sin parangón, entre petristas, uribistas y despistados. Cada uno asqueado por ver reflejado en su propia sangre un proyecto de país que no soportan. Tráfico insaciable de noticias falsas y análisis esquizofrénicos de la realidad política, buscando, a como dé lugar, convencer a sus parientes, así sea a las malas.  

Lo dijo el profesor y ahora magistrado de la JEP Eduardo Cifuentes, cuando portaba la toga en la Corte Constitucional: “Si el voto es obligatoriamente público el ciudadano puede ser objeto de amenazas, con lo cual perderá la libertad de elegir” y por esa vía se arriesga uno de los principios fundantes de la democracia: que los gobernantes sean elegidos por el pueblo y no por las presiones de ciertas hordas vociferantes que no representan el sentir general. Un poco como pasa con las encuestas, ahora diseñadas para favorecer a quien las paga y mover a la gente a votar basada en miedos y futurología inexacta. Viene siendo hora de que alguien detenga ese abuso.    

Cuánta ansiedad por saber y enjuiciar el voto de los otros. Qué afán en sostener una discusión interminable para juzgar las voces públicas que anuncian a quién apoyan: si son coherentes, responsables, inteligentes o comprados. Desespero de ver que alguien que admiramos o estimamos pueda aspirar a un país tan distinto al que imaginamos para nosotros mismos. Repudio ante colegas y trabajadores, con quienes compartimos la cotidianidad, pero tal vez solo en eso nos encontramos.  

Esa ansia es el retrato perfecto de una comunidad que no se soporta; de una sociedad fragmentada en mil pedazos e incapaz de ejercer un poco de empatía o respeto a la diferencia. Y tal vez hablo desde un atril hipócrita porque yo también lo he sentido; vinos con amigos convertidos en tensas tertulias para tratar de convencerlos de su error. 

Y claro que hay incoherencias y absurdos. Personas de la comunidad LGBTIQ a las que no les importa votar por un antiderechos; feministas que se hacen las de la vista gorda con candidatos plegados a la visión antimujer de algunas denominaciones cristianas; ciclistas que surgieron de la pobreza y abandono del Estado que eligen un proyecto que ofrece más de eso mismo. ¿Pero acaso no tenemos derecho a ser incoherentes? ¿Y es que la incoherencia política no es un presupuesto esencial de una ciudadanía realmente libre? 

Amenazas de despidos, de desheredar al rebelde, de desconocer amistades y colegas porque le apuestan al que no soportamos. Todo este desgaste de intentar colonizar la mente y tarjetón ajenos. Como si además sirviera para algo, porque ese momento en el que nos paramos en la urna es profundamente solitario y también libre. Ahí no están los aplaudidores o linchadores de las redes sociales, ni los jefes abusivos, ni las familias decepcionadas, ni los patrocinadores que cobran religiosamente su apoyo

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